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Río de Hielo
cuento de
Gerardo Bartolomé
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Gerardo Bartolomé en Punta Quilla,
Prov. de Santa Cruz. |
Martín
no la vio llegar. Estaba reordenando las pequeñas antigüedades que le
acababa de mostrar a una pareja de franceses cuando su voz firme lo
interrumpió. “Und Deutsch?” Martín levantó la vista y lo primero que
notó era el impactante aspecto de la muchacha; alta, rubia y de físico
llamativo. En resumen, era el estereotipo de mujer que hace que los
hombres se den vuelta para mirarla. Sin embargo, bien mirada, no era
realmente linda. Ni las facciones de su cara eran finas, ni su cuerpo
era esbelto, las raíces de su cabellera revelaban que no era
originalmente rubia y hasta quizás se podría decir que era demasiado
alta. Pero la verdad es que, imposible negarlo, por su aspecto general
la muchacha era sumamente atractiva.
“¿No
habla alemán?” preguntó ella en un castellano correcto pero con un
acento mezcla de alemán y madrileño, mientras le señalaba las banderitas
que indicaban que Martín hablaba inglés, francés e italiano. “La verdad
que no – respondió el muchacho haciendo un esfuerzo por tratarla como
clienta y no como una potencial cita para esa noche – Pero le puedo
explicar todo en inglés.”
-
-No hace falta, hablo español. Sólo quería molestarlo porque
tiene la bandera de varios países pero no la del mío. – dijo ella con
una sonrisa – Pero veo que tiene cosas bonitas. Volveré más tarde.
La chica
se marchó. El muchacho del puesto vecino al de Martín levantando las
cejas le dijo: “La tenés muerta, ganador.” Ambos rieron.
Martín
tenía ese puesto en la plaza de San Telmo desde hacía casi dos años. El
era de Chivilcoy y se había venido a Buenos Aires a estudiar
Arquitectura. Para solventarse los gastos aceptó trabajar con su tío en
el negocio de antigüedades que éste tenía en la calle Defensa. En poco
tiempo hizo que las ventas subieran muchísimo y se convirtió en la mano
derecha de su tío. La clave de su éxito era que había descubierto que
más que antigüedades la gente quería comprar cosas con historia. Así un
simple sofá de fines del siglo XIX era mucho más atractivo si había
pertenecido a una familia amiga del ex-Presidente Roca y que por lo
tanto éste se había sentado allí en varias oportunidades. Para el
comprador automáticamente se convertía en “el sofá de Roca” y pasaba a
tener mucho mayor valor. Lo mismo si con un juego de vajilla había
comido el famoso escritor Leopoldo Lugones. Martín no inventaba
historias sino que averiguaba sobre la familia a quien había
pertenecido cada antigüedad y luego las conexiones aparecían fácilmente
ya que cien años atrás Buenos Aires era una ciudad chica y todas las
familias de sociedad se conocían.
Con el
tiempo Martín empezó a aprovechar cada viaje de visita a sus padres en
Chivilcoy para comprar pequeños artículos antiguos en los campos donde
vivían viejitas viudas. Ellas preferían venderle estos artículos a
alguien como él, que valoraba la historia y los recuerdos, en lugar de
dejarlos a sus hijos, nueras o nietos quienes los venderían al mejor
postor en un remate con tal de sacar unos pesos. Así fue que, con el
permiso de su tío, Martín empezó a vender sus propias antigüedades en el
negocio. Artículos como el peine de marfil que usó toda su vida Ana
Guerrico después de quedar soltera porque su prometido huyó dos días
antes de la boda, o las espuelas del teniente José López de Alvarado,
que murió desnucado al caer de su caballo pasaron a venderse sin parar a
las decenas de turistas extranjeros que ansiaban llevarse a su país algo
de la historia de la pampa argentina.
Un día
Martín se enteró que había quedado vacante uno de los puestos de venta
en la famosa feria de antigüedades de Plaza Dorrego y él no dudó en
tomarlo. Si lo del puesto funcionaba él podría dejar el negocio de su
tío y tener más tiempo para estudiar Arquitectura que, al paso que iba,
no terminaría nunca. Lo del puesto funcionó, y muy bien. Martín se mudó
a un departamento más grande y hasta empezó a pagarle las clases de
pintura a su hermana que las deseaba desde hacía tanto tiempo.
En el
puesto de Martín cada artículo tenía un cartel con un título sugestivo y
él se encargaba de contar la historia completa a los interesados. “Ahí
vuelve la teutona.” – le dijo el del puesto vecino casi sin pronunciar
la “u”. Los dos rieron cómplices.
-
-Hola. ¿qué tienes para ofrecerme? – preguntó ella
pronunciando la “c” con el típico estilo español.
-
-
Depende de lo que estés buscando. – dijo él tratando de ser
respetuoso y galante a la vez. - Tengo armas, adornos, cosas del día a
día de la vida en el campo, o recuerdo de mujeres…
-
-¡Eso! ¿Qué tienes de recuerdos de mujeres?
-
-Uno de mis preferidos es este. – dijo él, mostrándole un
camafeo – Se abre aquí, ¿ve?
Al
abrirse apareció la imagen de una muchacha muy joven. Parecía feliz. Se
la veía muy peinada y maquillada, al estilo de cómo se arreglaban las
mujeres unos cien años atrás.
-
-Es Dolores Ezcurra. – dijo él – Ella se lo regaló a su
hermana Mercedes antes de casarse e irse a vivir a Jujuy. Eran muy
unidas. Lo mandó hacer para que Mercedes la recordara siempre.
Lamentablemente, después del casamiento no se volvieron a ver porque un
par de años después Dolores murió de cólera.
-
-
Que triste. – dijo la rubia mirando el camafeo con atención -
Yo tengo una hermana que vive en otra ciudad de Alemania y no la veo
casi nunca… Es muy bonito, me lo llevo.
Martín
envolvió el camafeo junto con una tarjeta que contaba su historia.
-
-¿Y tienes algo de la Patagonia? – preguntó la alemana.
-
-No. Acá sólo tengo cosas de los campos de la pampa. Pero en
casa tengo cosas patagónicas que compré hace un par de meses en Carmen
de Patagones. Son puntas de flecha, riendas de caballo y un pistolón de
la época de los malones indios. Todavía me falta catalogarlas.
-
-Que bueno. Me interesa. Quizás podrías mostrármelas esta
noche.
La frase
tan directa de la chica dejó mudo al muchacho de sorpresa. No sabía que
las alemanas tomaran tanto la iniciativa. “Por supuesto.” – respondió.
Combinaron de encontrarse esa noche en un resto – bar de San Telmo.
-
-¿Cómo aprendiste a hablar tan bien castellano? – le preguntó
Martín cuando estuvieron sentados.
-
-En la escuela estudié latín y eso me ayudó. – respondió Erika,
que así se llamaba la muchacha. – Luego con mi familia siempre
veraneábamos en España. Conozco Ibiza, Torremolinos, Benidorm, Canarias,
Málaga y muchas otras playas de allá. Claro que un par de novios
españoles también me ayudaron a aprender más rápido. – dijo riendo.
-
-Lo hablas muy bien. ¿Y porqué se te ocurrió venir a la
Argentina sola?
-
-Primero porque supe que vosotros, los argentinos, sois muy
guapos. – dijo ella riendo una vez más, mientras Martín se sonrojaba
levemente – Pero más que nada quiero conocer la Patagonia. Quiero
conocer vuestro Perrito Moreno
Martín
rió porque la “rr” de la alemana parecía decir que en lugar de un
glaciar estaba hablando de un perro chico.
-
-También quiero conocer las Torres del Paine, en Chile.
-
-Hay una senda de trekking que une los dos, el glaciar y el
Paine. – dijo él queriendo impresionarla con fingida autoridad. Lo había
escuchado en algún lugar y estaba casi seguro de que era cierto.
-
-¡Qué interesante! Me gustaría hacerlo. Verás, yo busco
aventura. Trabajo en la bolsa de Frankfurt. Estoy todo el año en un
escritorio, con la computadora, el teléfono y mucha gente nerviosa
gritando a mi alrededor. Muero por estar en un lugar rodeada de
naturaleza. Mis amigas tienen novio o están casadas, así que decidí
hacer el viaje sola. Me vendría bien tener alguien que me guíe. – dijo
ella con una mirada sugestiva.
Martín
pagó y salieron a caminar. Erika lo tomó de la mano y lo llevó debajo de
un farol. “Qué noche tan romántica.” dijo ella. Martín la miró a los
ojos y supo que en la relación que tendría con Erika siempre sería ella
la que mandara. La besó.
-
-Podríamos ir a tu departamento para que me muestres esas
reliquias patagónicas, ¿no? – dijo ella con una sonrisa.
* * *
Por la
mañana siguiente Martín había llegado a la conclusión de que el mito de
que las alemanas son frías era falso o bien que Erika era una alemana
totalmente distinta del resto.
Se
vieron mucho en los días siguientes y ella no olvidaba lo del sendero
entre el glaciar argentino y las torres chilenas. Su insistencia lo
obligó a él a investigar por Internet y, por suerte, descubrió que el
sendero realmente existía. Google Earth le mostraba que el camino
bordeaba el Lago Argentino para luego atravesar un bosque y bordear un
glaciar que separaba los dos países. A partir de allí el terreno parecía
bastante fácil hasta el Parque Nacional Torres del Paine, en Chile.
-
-¿Porqué no vamos juntos? – le sugirió ella.
El viaje
entero demandaría unas dos semanas. Para Martín era complicado dejar la
universidad y el puesto por tanto tiempo.
- -
Vamos Martín. – insistió ella viendo que el muchacho no se
decidía. – En dos semanas tengo que volver de Santiago de Chile a
Alemania y quien sabe cuando nos volveremos a ver. Quiero estar contigo.
Además piénsalo… haríamos el amor en lugares increíbles, montañas,
boques, glaciares.
-
-Está bien Erika. Vamos. – dijo él, dejándose convencer.
* * *
Unos
días después, ya en El Calafate, Martín empezó a descubrir algunas
facetas que no conocía de Erika. La muchacha sabía que atraía las
miradas masculinas y parecía que disfrutaba de hacerlo. Vestía ropa que
la hacía más llamativa y cuando Martín le hizo un comentario al respecto
ella rió complacida: “¡Estás celoso!”. En otra oportunidad, al salir de
un negocio de fotografía la encontró hablando animadamente con dos
muchachos ingleses. También le molestó escuchar que, cuando fueron a
tramitar el permiso fronterizo, un gendarme le decía bajito al otro:
“Este no va a precisar caballo para cruzar a Chile, ya tiene una yegua.”
Pero más
le preocupó cuando la chica de Parques Nacionales, después de darle las
indicaciones del cruce, le hizo un comentario inquietante: “Cuidado con
una chica así. En el camino tratá de no cruzarte con nadie. Los hombres
en la montaña actúan de forma primitiva. Yo sé porqué te lo digo.”
Al día
siguiente visitaron el glaciar Perito Moreno; Erika quedó fascinada por
la mole de hielo y los enormes bloques que se desprendían cayendo al
lago con ruido de truenos. Por la noche durmieron en el camping cercano
y Erika estuvo más fogosa que nunca. A la mañana hicieron dedo para
llegar a la estancia Nibepo Aike desde allí salía el camino a Chile.
Llegaron pasado el mediodía y los recibió Andrés, el hijo del dueño.
-
-
El camino es increíble. Lo hice con unos amigos hace unos
cinco años. – les dijo Andrés desplegando un mapa sobre la mesa del
living – Olvídense de encontrar un sendero marcado, no hay nada de eso.
Tienen que caminar uniendo ciertos puntos clave que les voy a marcar en
el mapa: el mallín, el valle, el paso, el glaciar, la pampa…
- -
¿Qué es el mallín? – preguntó Erika.
-
-Es como un pantano de barro muy profundo. – le explicó
Andrés.
-
-¿Se pasa a caballo? – preguntó Martín.
- -
No. Los caballos se hunden. Es tan difícil pasar por ahí que
cuando esta zona se hizo Parque Nacional no pudieron sacar el ganado que
estaba del otro lado. Es ganado criollo, sin mezclar con razas europeas.
Son toros muy grandes con cuernos larguísimos. Hay que tener cuidado
porque son muy agresivos.
-
-¿Entonces como hacemos para pasar por el mallín? –preguntó
Martín.
-
-
Hay un camino que lo atraviesa pero que apenas se vé. Les
presto un peón como baqueano. – Andrés miró el viejo reloj de péndulo
que colgaba de la pared – No les dará tiempo de atravesarlo hoy pero si
salen ahora pueden acampar allá con el gaucho y mañana de mañana ya
estarán del otro lado.
Salieron
de la casa buscando al capataz y lo encontraron junto con tres peones.
La presencia de la alemana en seguido generó comentarios de esos
hombres.
-
-
¡Don Cristian! – lo llamó Andrés – Acá los muchachos quieren
cruzar a Chile y van a precisar un baqueano que los haga cruzar el
mallín. ¿A quién les podríamos dar?
-
Martín
miraba cómo los gauchos hablaban y reían mirando de reojo a Erika. El
muchacho estaba seguro que los shorts y la blusa apretada de la rubia
eran el centro de sus comentarios.
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- -
¿A Eudoro? – le preguntaba Andrés al capataz con tono de
desaprobación.
-
-
Sí Don. Eudoro es el que conoce mejor el camino. ¡Eudoro vení!
– llamó el capataz.
El
gaucho que tenía peor aspecto caminó hacia ellos con paso cansino.
Escupió al piso y tiró el escarbadientes que tenía en la boca. Con aire
desafiante se paró frente a ellos.
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-
Eudoro – ordenó el capataz – Los señores van a cruzar a
Chile. Los vas a hacer cruzar el mallín. Esta noche acampan allá y
mañana estás de vuelta. Andá y ensillá tres caballos.
Martín
saludó al gaucho con un imperceptible movimiento de cabeza. Sabía que la
cortesía era interpretada como debilidad por ese tipo de gente; y dada
la situación lo último que quería aparentar era debilidad. Pero
sorpresivamente…
-
-
Hola, mi nombre es Erika. Martín y yo estamos contentos que
Usted nos guíe por este camino.
El
gaucho miró perplejo la mano que le extendía la rubia y, sin saber bien
que hacer, se la apretó y se volvió. Mientras Andrés y el capataz
continuaban
hablando de los preparativos Martín siguió al gaucho con la mirada y vió
cómo, cuando se acercó a los otros dos, se metió la mano que le había
dado a la alemana dentro del pantalón y dijo algo que los otros dos
festejaron con carcajadas.
* * *
-
¿Porqué el arma? – le preguntó Martín al gaucho señalando el
rifle al costado de la montura.
Continuar
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